Leonard Cohen (Manchester Opera House - 20/06/08)

June 23rd, 2008

Juzgando por los primeros acordes de ‘Dance Me To The End Of Love’ podríamos estar tanto en una boda de la mafia Italiana como en un Bar Mitzbah. Pero si por las lágrimas que fluyen constantemente de los veteranos miembros del público fuese, este parecería un entierro. Nada más lejano de la relidad, Leonard Cohen está vivo y bien, forzozamente saliendo del retiro  (gracias al macabro desfalco su ex-manager) para el beneplácito de sus más fieles y la minoría: aquellos que pensabamos nunca poder ver al maestro en acción.

Esta es la última de cuatro noches en la empinadísima Opera House de Manchester, el lugar más pequeño en su gira al Reino Unido (que entre otras fechas incluye una en Glastonbury el próximo fin de semana) y seguramente el más apreciativo. No por nada los precios son más altos de lo normal - cosa que el mismo Cohen admite al principio del show - pero muy pocas otras personas en el mundo merecerían la inversión. La cual a través de las siguientes tres horas y media será retribuída en una clase maestra de humildad, elegancia y generosidad que al parecer desarrolló en sus cinco años de internado como monje Zen Budista. No que cualquiera se daría cuenta a primera vista, después de todo las apocalípticas letras de ‘The Future’ y el telúrico tono de su voz siguen siendo tan o aún más potentes que hace 13 años mientras que en vez de bata negra, luce un elegante sastre aumentado en distinción por sus clasicas poses en el escenario. 

 Imposible que cada una de las 2,000 personas (entre las cuales está discipulo y deudor de Cohen, Jarvis Cocker y, uhm, Craig Charles) pueda olvidar los nombres de cada uno de los miembros de la banda de fondo, quienes son introducidos y re-introducidos más de diez veces por el llano septagenario. Ahí está el organista Neil Larsen, su colaboradora reciente Sharon Robinson y las Webb Sisters en voces, el guitarista Bob Metzger, el multi-instrumentalista de vientos Dino Soldo, el de cuerdas Javier Más, y la base rítmica de Rafael Gayol con el también arreglista Roscoe Beck - quienes característicamente tienen el volumen en lo más bajo de la mezcla para dejar pasar el mensaje de Cohen con mayor aplomo. Todos con un rol vital y recatado, sin quitarle la luz principal al caporal ni verse disminuídos a las sombras. Tanto así que parece que los tres temas (estrenados en vivo) de Ten New Songs están ahí sólo por agradecimiento a Sharon Robinson.

Una sana mezcla de todas sus épocas (lamentablemente saltando su disco producido por Spector, Death Of A Ladies Man) para satisfacer a perro, pericote y gato conforma el amplio setlist de la noche, pero son las canciones de The Future y I’m Your Man las que toman mayor significado. En el foyer la mercancía oficial sólo son polos con la cara de Cohen acompañada por el elegante fedora que viste también hoy (sacándoselo de manera sentida después de cada ovación) y con una cita de ‘Anthem’, mensaje que parece ser tan importante para Leonard que decide recitarlo antes de tocar el tema: “Suenen las campanas que aún pueden sonar / Olvida tu ofrecimiento perfecto / Hay una grieta en todo / Así es como la luz entra”. Y es aquí entre los arreglos de jazz y los refinados trajes que viene a la mente la profesión original del Montrealés, la que ejerció toda su vida artistíca y la que sirvió como excusa para su carrera musical. Está de más decir que antes que cantante, Leonard Cohen es uno de los mejores poetas Canadienses en la historia del país. 

Los temas antiguos parecen ser simplemente parte del trabajo, ‘Bird On A Wire’ y las reciente inclusión ‘That’s No Way To Say Goodbye’ podrán ser dos de sus más conocidos, pero quizás su antiguedad hacen que Cohen se vea distanciado espiritualmente de los mismos. Cosa que no se puede decir del tema que quizás sume su carrera mejor. ‘Tower Of Song’ encuentra a Cohen con sus coristas, organista y un Casio de cuatro octavas que toca la música de fondo, su solo con un dedo es uno de los momentos más aplaudidos (despues de, por supuesto, la frase “Nací con el regalo de una voz dorada”), para el fin de la canción, risueñamente admite que el “Doo da dam dam” de su coro femenino es el significado de todo lo que buscaba. ‘Suzanne’ sigue teniendo ese sentimiento de alejamiento que en el caso de la eterna canción de amor impalpable sea quizás propicio, pero su versión de ‘Hallelujah’ es completamente opuesta. El tiempo y la popularidad del tema que, al fin y al cabo, él escribió parece haberle dado nuevo significado, y quizás tomando la entrega de Jeff Buckley como molde, empieza a temblar y poner esfuerzo a cada sílaba, como queriendo llevarla de nuevo a casa por la fuerza más que por la razón. Después de la traducción de un poema de García Lorca, ‘Take This Waltz’, la banda y el líder salen del escenario por segunda vez.

La tercera parte del set, compuesta por amagues de final es tan inesperada como bella, ‘So Long, Marianne’ incluye una sarcástica risa de Cohen después de la frase “Solía ser un tipo de chico gitano”, mientras que ‘First We Take Manhattan’ saca al tema de su ochentero arreglo de manera convincente. Es imposible no ser tocado personalmente por la dulzura de otra sorpresa exclusiva para Manchester: ‘Sisters of Mercy’ viene a ser mi pequeño momento de egoísmo y no referirlo en primera persona sería una traición a mi mismo, después de ello nada importa. Tras ‘Closing Time’, Leonard vuelve corriendo renovado de energía para el ahora irónico ‘I Tried To Leave You’ y el clásico extra ‘Famous Blue Raincoat’ para cerrar a capella con el tradicional ‘Whither Thou Goest’. Quien sea que haya inventado el mito que los Judíos son avaros ciertamente no se encuentra en la Opera House. Pero hace largo tiempo que Leonard Cohen trascendió cualquier etiqueta humana, es simplemente un gusto poder confirmarlo.

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