No Culpes A La Luna

June 28th, 2007

El artículo de hoy llega por cortesía de Lázaro, perdón, emegeo, cuya radioestacion revivió después de tres meses en el limbo con nuevas y bastante extensas secciones repletas de clase y sabiduría que deberás revisar (es una orden) cuando termines de leer esto. No, esto no, el fin del artículo.

Algunos consejos para convertirse en un buen, detestable y casi siempre equivocado crítico especializado es en la de fijarse en una banda por las apariencias -aunque después lo nieguen-, renegar de aquellos que suenen “demasiado revivalistas” y aclamar a cualquier cosa que tenga guitarras acústicas; suene folkie; ó parezca una banda “sin pretensiones” mejor dicho, deliberadamente ingenua; y si aquella banda tiene una apariencia bufonesca ó haga videos “weirds”, ni hablar, un grupo genial. Pero la contradicción entra a partir de una banda como la liderada por alguien que nunca se tomó en serio como Sam Endicott, alguna vez líder de una banda llamada Skabba The Hut -¡Nombre Estúpido!, ¡Genial!- , que parecía reírse de las comparaciones con The Killers y que tiene decididamente una apariencia bastante fachuda, mejor dicho, poco elegante y bastante descuidada. No vendría mal contratar un estilista poco dado a lo llamativo. Entonces ¿Por qué es políticamente correcto hablar mal de The Bravery?

En su primer disco, esta banda neoyorquina sonaba tan bien ó tan mal -según la perspectiva de TU propio gusto personal- como las miles de bandas que desde hace algunos años salen intentando recrear un fórmula que ya se está agotando y que sólo a algunas bandas -como en todo estilo- parece salirles bien: Intentar sonar como si estuviésemos en nuestros bien amados 80’s. Año 2005 y los The Bravery definitivamente no sonaban originales y definitivamente nadie los recordaría como la gente recuerda a The Rapture ó Franz Ferdinand. Entonces las complicaciones son dejadas de lado a favor de escuchar “direct hits”, como los que Eddie Argos y su banda Art Brut  toman como pretexto para sacudirse de la timidez e impresionar a la chica que nos gusta. Canciones para desenvolver, escuchar un buen tiempo y luego decidir si nos quedamos con ellas y las incluimos en un mixtape y las olvidamos a favor de un propuesta que nos parezca mejor. Eso sí, el primer disco de The Bravery es mejor que el primero de The Killers, gustos personales que le dicen.

Ya debes haber escuchado varias veces eso del síndrome de las segundas partes. Pero la diferencia con respecto al anterior disco de The Bravey es que ahora Sam Endicott decidió tomarse en serio. Lo que eran canciones lo suficientemente entretenidas en su primer disco (Fearless, Public Service Announcement, entre otras) se transforman en canciones que de la manera más comercial posible toman sin ningún tapujo las bases de las mencionadas canciones para convertirse en simples remedos; en otros casos -como time won’t let me go, un éxito asegurado- Sam Endicott decide sonar más reflexivo pero cayendo en aquellos manierismos y solemnidades excesivas de quien se alucina buen compositor, canciones sosas, cursis y deliberadamente comerciales (¿Qué es eso de paaaa pa raa paaa paaaa?) que nos indican que The Bravery está intentando hallar “su propio lenguaje”. ¿No pudieron antes de lanzar esto pedirle su opinión a alguien o contratar a un mejor productor? Rematándola con la terrible portada -era mala, pero no tanto antes de escuchar el disco-, típica de aquellos “rock stars” que quieren darse a conocer por su imagen antes que por su música. Pero, ¿Es algo malo querer ganar dinero? No; entonces la conclusión es que este nuevo disco -y cambio de rumbo- de estos neoyorquinos, a pesar de alguno que otro momento pasable y el extra track The Dandy (sólo para la edición de itunes), NO ME GUSTA. Fin del asunto y a otro disco.

Claro, el segundo disco de The Killers es mejor que el segundo de The Bravery.

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