Dios Salve al Show
January 7th, 2007nota: el amor por Queen de nuestro entusiasta escritor no puede ser descrito de una sola.
Por eso, este y el siguiente domingo, Snob? se codea con la realeza.

Si Cecil B. DeMille hubiera filmado su película “The Greatest Show On Earth” unos 25 años después, la historia hubiera girado en torno a la vida de un grupo de rock y no de los trabajadores de un circo, y su protagonista obligado tuvo que haber sido the one and only Freddie Mercury.
Queen asumió esa grandilocuencia como parte de su estética, y convirtió su música en un espectáculo: music for the masses. Desde aquel inicio tibio, tímido, genérico, pero con ciertos toques barrocos y líricos de su debut QUEEN (1973) hasta el último disco con Mercury en vida, INNUENDO (1991), las cualidades megalomaníacas de la banda, ya sea en sus conciertos, en sus líricas, su estética o sus videos, nunca bajaron de nivel. La muerte de Freddie solo terminó por elevarlos más arriba de la estratosfera.
Pero si te percatas, generalmente, quienes por algún motivo le dedican algunas líneas a la banda, siempre suelen recalar en estos aspectos, y no más. Es como si lo que hubieran registrado en sus 20 álbumes fuera, después de todo, mero acompañamiento de su parafernalia visual, en el mejor de los casos. Lo cual, es una negligencia. No niego que tiene discos fallidos, pero sus aciertos e influencia en la música son inocultables.
El primer gran disco del cuarteto sin duda es ese tour de force glam que es QUEEN II (1974). Siempre manteniéndose fieles a sus embistes pomposos, la guitarra de Brian May es sobrecargada y sobregrabada para sonar ceremonioso en ocasiones (“Procession”, “Father To Son”), en otras sabe ser cursi (“Funny How Love Is”), y en otras es de verdad toda una muestra de virtuosismo al servicio de la canción (“The Fairy Fellers Master Stroke”). Desconozco las razones por las cuales esta maravilla no es catalogada nunca en los recuentos de los mejores discos de aquella época, ni siquiera es una cita al pie de página en los capítulos de la historia del Glam Rock, en donde los Bowies y T-Rexes predominan (con méritos innegables, por supuesto).
Tal vez la “culpa” la tengan ellos mismo, pues entrega tras entrega luego de aquel segundo disco, solo se dedicaron a crecer. Mercury se encumbraba como la representación ideal del Arlequín del Rock, una alegoría viviente del exceso en la música: hard rock, psicodelia, vaudeville, balada, folk, rock progresivo, bolero, ópera, y el Himno Nacional de Inglaterra, todo en un solo disco. A NIGHT AT THE OPERA (1975) es el resultado de un postulado tan ampuloso como insospechado, el de las ganas de hacer lo que te da la gana. Las cintas de algunas grabaciones, literalmente, se borarron de tanto regrabar encima voces y voces y más voces.
¿Pero podría una banda como Queen, que quería llevar, Mercury dixit, “el ballet a las masas”, sobrevivir a la crisis económica británica del 77, y sobre todo, sobrevivir al punk de los Sex Pistols y compañía? Lo hizo. Y la respuesta viene en forma de un doble A-side: “We Will Rock You / We Are The Champions”. Te debe quedar claro algo: si tu motivación hoy es crear canciones para un auditorio tan reducido como el que cabría dentro del cuarto donde fueron creadas, no entiendes los ‘70s. Y mucho menos a Mercury, el frontman. El que vestido con mallas fulgurantes, con alguna incrustación de diamante en la entrepierna, brindaba con champagne frente a su auditorio. El que reconocía que cantaba por dinero, para divertirse, porque para eso servía el rock, “su” rock. El que subido en los hombros de 2 supermanes entonaba “Bycicle Race”, y luego editó un lp de esa gira llamada acordemente LIVE KILLERS (1979). Queen en vivo te devoraba. No te daba tregua, te sacudía, te involucraba, te divertía, te enamoraba, te daba eso: R-O-C-K. Había que dejarlos que te entretengan. Y no había pierde.
